Un fantasma autóctono, del barrio de Santa María, se aburría mucho en su casa, que se había convertido en un piso turístico. En los meses de invierno nadie vino ni siquiera a abrir las persianas y él sufría por la falta de otra presencia. En primavera llegó por fin un turista, un británico viudo, y el fantasma se escondió feliz en un viejo armario.

Hacía mucho levante esos días. Confiando en que el viento borraría sus palabras, el fantasma empezó a susurrar “guachinaaai” en tono melancólico. El inglés, que nunca había creído en fenómenos sobrenaturales, empezó a sentir una extraña felicidad, como cuando alguien, un futuro soul mate, le preguntó what’s your name por primera vez.


Ilustración Juan Devesa
TextoSari Selander

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