El Trabajo Número Trece

Ilustración: Juan Alberto Hernández
Texto: Montiel de Arnáiz

«Sabiendo esto, el virtuoso Hércules, que el estado de tan alto rey era denigrado y escurescido siquier menguado y la su vida anublada y en cuydados detenida, fue aquellas partes. Asaetando las dichas arpías con el su poderoso arco lançólas de la casa y palacio del rey Fineo. Las quales no seguras en algund lugar por el herculino temor se receptaron y encerraron en las dichas Tropheas yslas».

Los doze trabajos de Hércules

Enrique de Villena

(Burgos, Juan de Burgos, 1499)

El zarpazo traicionero le arrancó una tira de carne del costado, justo de la zona en la que su capa, la piel impenetrable del león de Nemea, dejaba abierto un hueco triangular. La garra de uñas ennegrecidas fue a los labios de la mujer alada, que chupó la sangre del héroe con fruición.

– Especias del Olimpo, mis favoritas…

Hércules escupió en su mano y llevó la saliva a la herida a modo de cataplasma. Escocía como si le hubiera orinado encima toda la recua de alimañas de Augías.

La arpía extendió sus alas creando una sombra con líneas de fénix y su voz gutural percutió en el silencio oscuro del cercano Hades como el rebuzno de un pollino en el templo de Zeus.

– Hércules, hijo de Alcmena, ¡al fin te he encontrado! No llegarás a alcanzar tu destino ni obtendrás el descanso que otorga la muerte. De eso me encargaré yo, Ocípete, «la del vuelo rápido», hija de Taumante.

Mientras tanto, Caronte espera en la orilla sentado sobre un cubo de acarrear agua, sin prestar atención al desafío. Calza rostro de pena. No le es algo extraño y ni siquiera es tristeza o pesadumbre, simplemente viste la máscara de la indiferencia con la que lo dotaron o castigaron los dioses.

El héroe echa mano a su espalda y desliza frente a sí un arco de tan gran dimensión que le cruzaba de hombro a muslo. Su velocidad es legendaria, su puntería infalible. Arroja un primer dardo sabiendo la que arpía lo acogerá en su pecho. Suena el impacto como un sapo que se zambullera en una charca de lodo. El águila virgen aletea con violencia y vuela rápida hacia él, mostrándole sus dientes como el sirviente que exhibe un falo longitudinal a su señora antes de pasar a la alcoba. Hércules afina otra saeta entre los dedos y la cuerda del arco, una lira mortal que tañe canciones de muerte, se expande.

Tensa, expira y suelta.

El ojo de Ocípete explota como una bosta de brea.

La segunda flecha no era inocua como la primera, pues la bañó Hércules en la sangre de la Hidra de Lerna. Su ponzoña es gris y disimulada y el ojo del monstruo crepita como si ardiera en ascuas.

El rostro de la maligna criatura se contrae en una mueca horrenda al tiempo que se posa torpemente sobre la hierba. El hijo de Zeus suelta el arco y sus dardos y avanza hacia ella armado de su maza, un garrote robado a un olivo centenario. Toma impulso y descarga la furia de los dioses sobre el cráneo de la bestia alada hasta convertirlo en una mezcla de pasas y pan.

A su espalda oye un bramido horripilante.

Caronte no alza la vista. Empieza a desatar la balsa de su amarre, dispuesto a partir. Hércules lo ve, se gira y encuentra asida a las ramas de un árbol a otra arpía de tamaño mayor al de la que acaba de derrotar.

– Tú debes ser Aelo, engrendro. ¡Confiesa! – clama el titán.

– Así es, bastardo hijo de Alcmena. Soy Aelo, el mismo «viento tempestuoso» que torturó al rey Fineo cuanto quiso. La hija favorita de Electra, que impedirá que cruces con el barquero al mundo de los muertos, tal y como acordé con Euristeo.

Hércules pondera su siguiente movimiento porque sabe que sólo con su fuerza sobrehumana no pudo cumplir ninguna de las pruebas que le impuso el traicionero rey. Observa a la bestia. La arpía mide casi dos metros de alto y sus alas extendidas le dan apariencia demoníaca. Su cabello es fino y el rostro es bello, distinto del de su hermana, pero su expresión es más feroz aún si cabe que la de aquélla. Súbitamente y lanzando un estertor terrible con la garganta se arroja hacia él y el hijo de Zeus no puede sino recordar las embestidas del jabalí de Erimanto, el asesino de hombres al que mató en su juventud. Nada podía interponerse en su trayectoria, igual que en la de Aelo, que por un instante le pareció que poseía el rostro de Deyanira, su esposa, tan culpable como amada.

Despojado de su arco y de las flechas, con la maza agarrada con fuerza con ambas manos, Hércules comprende que su destino está escrito.

Toma impulso y lanza su arma con fuerza y precisión. El poderoso cayado gira sobre sí mismo como una rueda, plasmando su huella en el viento en la batalla.

El hijo del vientre del olivo impacta de pleno en la cabeza de Caronte, al que roba la unidad del cuerpo. El barquero cae lívido como una doncella desmayada por los calores de la vendimia.

La arpía, desprevenida, mira al héroe sin comprender nada.

Hércules se vuelve hacia ella arropado por las fauces de la cabeza de ese león que sólo pudo vencer usando antes la agudeza que el vigor y con una sonrisa de viejo aniñado, le dice:

– El barco no partirá ya sin mí, Aelo. Bailemos, pues, sin urgencias, nuestra danza de muerte.

Ilustrado por

Juan Alberto Hernández

Texto de Montiel de Arnáiz

Montiel de Arnáiz (Cádiz, 1977) es abogado, escritor, articulista de opinión y miembro de la Asociación Española de Ciencia Ficción y Terror y de Nocte. Debutó con el libro de cuentos ‘Bulerías Nazis’ (Ediciones Mayi, 2014) y ha coordinado las antologías de relatos ‘Vampiralia’ (Premio Ultratumba a mejor antología 2014), ‘Demonalia’ (Premio Ultratumba a mejor antología 2015) y ‘Supermalia. Su relato «El mordisco de Tyson» fue seleccionado para la antología ‘Visiones 2015’. Algún día terminará de corregir una de sus muchas novelas.

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