Las Flores del Estanque

Ilustración: Miriam Barea
Texto: Alberto Puyana

Soy Hércules, el héroe. El Hijo de Zeus y Alcmena. El campeón de campeones…

Como bien sabrás, siendo apenas un recién nacido, maté dos serpientes enviadas por Anfitrión para darme muerte y despedacé a dos dragones auspiciados por Hera. En todo el mundo son conocidas mis proezas y mis innumerables victorias: el León de Nemea (me queda bien, ¿verdad?), la Hidra de Lerma, el Jabalí de Erimanto, el Toro de Creta… atrapé a la Cierva Cerinea de Artemisa, cambié el curso de los ríos Alfeo y Peneo con mis propias manos, espanté a las aves de Estínfalo que atormentaban a los hombres. Acabé con Gerión, con Cicno y Porfirión. Capturé a Cerbero…

Me he enfrentado a los Centauros y los he diezmado, y he sujetado durante un tiempo, sobre mis hombros, la bóveda celeste que sostiene Atlas. Aniquilé a la bestia marina que envió Poseidón contra Troya. Luché contra los Gigantes. Vencí al dios Aquelo. Mi grandeza ha sido inmortalizada por Eurípides, Plutarco y otros dramaturgos griegos, y he sido modelo a imitar por emperadores romanos y reyes de todo tipo. Mi fuerza y mis músculos son motivo de admiración para la humanidad que me ha dedicado obras de arte, esculpidas en piedra, dibujadas en papel o en celuloide. Mi figura se alza como símbolo de viril poderío en el centro de escudos de armas, blasones y banderas.

Pero hay algo que poca gente conoce sobre mí y que se cobija en lo más íntimo de mi alma eterna. Y es que, entre trabajo y trabajo, prefiero matar el tiempo en vez de bestias malignas: me gusta acercarme al estanque de las flores. Ése donde crecen los juncos al arrullo del agua, los grillos y se mece con el trinar de los pájaros. Ése en el cual habitan criaturas timoratas, pacíficas, que no albergan más ambición que permanecer, perpetuarse allá donde el tiempo no corre ni a favor ni en contra. Allí conviven unas con otras en mitad de la calma, y me observan pasar como si fuese uno más de ellos, con su complicidad y aprobación.

Disfruto introduciendo las palmas de mis manos ahuecadas, tomando una buena porción de agua cristalina en ellas, y luego sumerjo largos segundos mi rostro para refrescarme. Veorevolotear mariposas de vivos colores, y me embriaga el perfume de exóticas flores que exhiben, voluptuosas, sus mejores galas cuando llega la primavera. Acaricio sus pétalos con los mismos dedos que han acabado con cientos de bravos enemigos, pero mis manos esta vez son garantía de protección y vida, no de muerte. Y es entonces cuando mi indestructible piel parece estremecerse al oír sus pasos. La cadencia de cada uno de ellos sobre el verde tapiz de hierba fresca y temprana, despierta sensaciones que jamás antes había sentido en lo más profundo de mi ser. A veces, como puedes ver, hasta los guerreros se enternecen. Quizá, simple mortal, te extrañe esto que te cuento proviniendo del mítico Hércules, tu súmmum de la masculinidad.

Pero si te cruzaras con la nívea piel, el pelo oscuro ensortijado, las ruborosas mejillas, la profunda mirada de largas pestañas y las hermosas curvas que enmarcan el musculado torso del primoroso Adonis, me comprenderías.

Oh, Padre Zeus… ¡qué ojazos! zo de pecados.

Ilustrado por

Miriam Barea

Texto de Alberto Puyana

Nacido en Cádiz, España en 1974. Es Diplomado Universitario en Enfermería por la UCA (Universidad de Cádiz) desde 1995. Columnista de opinión del periódico La Voz del Sur, ha publicado un poemario (La Cautiva Esperanza. 2010) y la novela satírica «El Preticante» (2012). Desde que comenzara a concursar en certámenes literarios a finales de 2012, ha resultado ganador de 20premios, entre los que destacan el «Hospital San Rafael» de la Universidad de Nebrija 2016, «Puente Zuazo» 2015, «Manuel Vidrié» 2015, «Enrique Orizaola» 2015, «Marbella Activa» 2015, «Ecos Loperanos» 2015, «Leopoldo de Luis» 2014, DzMiajadasdz 2014, y el «Villa de Colmenarejo» 2013.

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