El Trabajo Perdido de Hércules

Ilustración: María Gómez
Texto: Jose Aurelio Martín

Sintió el peso de la bóveda nocturna, con el rejón de las estrellas sobre su cerviz. Hércules cerró los ojos, tensó el arco de su espalda y le dolió sentir el peso de la península Íbera. Un brazo recibiría la fuerza de Júpiter, del que había logrado el concurso en su propósito de suturar la brecha que había entre la península Íbera y África. Júpiter le había dicho que contara con su fuerza descomunal, de dios de dioses, siempre a escondidas de Juno, la cual odiaba a muerte al hijo de Alcmena, que en su momento había coyundado con Júpiter. Y sin embargo se fiaba más de Neptuno, el dios de las aguas, del que había conseguido que aquella noche rebajara el nivel del mar por la brecha entre las dos tierras.

Hércules sintió en su espalda todo el peso de una península. Debía arrancar el terreno de la madre tierra y unirlo con el otro extremo. Evitaría así muchas heridas. Los límites de la tierra serían para los hombres brechas de las que siempre manaría sangre. Fundir tierras, coser heridas. Hércules apretó los dientes. Sabía que resistir era la única manera de ser heroico. Aprendió de su madre el coraje, de su padre Júpiter aprendió a seducir mujeres. El esfuerzo descomunal le hacía perder el pie. Como un rayo en el cielo de su conciencia apareció ella, Deyanira, la única mujer por la que hizo que la noche se duplicara, pero debía enterrar los recuerdos en las sombras de su conciencia para dirigir su propósito heroico de fundir dos tierras antagónicas, separadas por un mar.

Júpiter no aparecía, debía de andar con sus putas retozando por cualquier palacio. Ni con un hijo la palabra de Júpiter era constante. Tampoco Neptuno cumplía la totalidad de su palabra, las aguas no se habían retirado más que a la mitad. Quizá en el futuro a Neptuno no le convendría suturar esa brecha y perder espacio marítimo que alimentara con víctimas los sacrificios en su nombre. Y Hércules seguía tirando, soportando en su espalda el peso inamovible de la tierra. El que resiste gana, pensó, antes de que se le nublara la luz del entendimiento. El esfuerzo sobrehumano lo hizo caer a plomo sobre el mar, en su mitad retirado. Moriría ahogado contra las aguas si Neptuno no se hubiera apiadado de él mandando un golpe de mar para que su cuerpo titánico recuperara la orilla y sus pulmones no se tiñeran del azul marino.

Un aliento humano le recuperó la conciencia. Era la princesa Deyanira que lo acunaba en sus brazos. Le limpió delicadamente el barro del fondo del mar. Le lamió las heridas como una perra lamería la de los cachorros de su sangre. Y le cantó blandos cantos que caían susurrados en sus oídos como la lenta miel de los panales. Hércules buscó los susurros de Deyanira con ansia por sus labios sedosos, los mordió, los ungió de saliva hasta el delirio. Era una manera de combatir su enorme desamparo bajo la bóveda nocturna. Un héroe, aun siendo héroe, debe llorar si su padre le abandona y un amigo, Neptuno, le traiciona. A quién apelar, ante quién rasgarse la ropa si el dios de dioses, su padre Júpiter, le había abandonado en una noche tan decisiva.

Deyanira le tapó con la túnica que había mandado hacerse nueva para estar presentable en la fiesta en honor de otra mujer, Íole. El amor de Deyanira prescindió de la finalidad de la túnica, ella tan solo quería corresponder a los deseos de su amado. Hércules sintió la tela gozosa del nuevo manto y se ovilló todavía más en el seno de la mujer, tan lleno de misterio y de vida. Deyanira había untado con sangre de Neso la túnica, en la falsa creencia de que esa sangre aumentaría el amor por ella. Deyanira creía que Hércules, debido al descomunal esfuerzo, se estaba quedando dormido pero enseguida advirtió de que el filtro de amor que le había dado Neso era en realidad un veneno mortal que acabaría con un héroe que iba a morir como un hombre desamparado.

Deyanira abandonó el cuerpo de Hércules en el mar, que se lo fue tragando poco a poco. Se subió al monte más alto para verlo desparecer, como una nave que parte el mar en dos. Desde la altura, y una vez que hubo elegido el árbol más robusto para anclar la cuerda, todavía se salpicó con una lágrima de orgullo subrayada por una sonrisa: Hércules había logrado estirar la tierra y acercar más aquellas dos tierras antagónicas. Se la encontraron colgada del árbol más robusto, sorprendentemente en calma y con una ligera sonrisa, la del orgullo que sintió cuando su hombre había acercado dos tierras en el estrecho que hoy se conoce como las dos columnas de Hércules.

Ilustrado por

María Gómez

Texto de Jose Aurelio Martín

Por nacer, nació en Madrid, en el año 76, un febrero, en la bisagra del franquismo y la democracia. Por escribir, aprovechó los atardeceres y las noches en vela, escribió mucho y rompió poco, enseñó lo justo y nunca perdióel pudor. Respetó la escritura casi reverencialmente, leyó a impulsos y nunca se creyó escritor a pesar de los pocos premios. Por vivir, amaneció en Madrid, conoció el imperio americano y vivió con lo puesto. Por trabajar, lo hizo por necesidad y en la docencia por entrega, por creencia. No ha encontrado su lugar en el mundo, pero lo busca necesariamente. La escritura no le es un resultado, es un proceso, otra búsqueda, una ruta.

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