Hércules: La Creatividad

Ilustración: Julia Borrero
Texto: Ángela Martín Fonseca, Ángela Contreras Martín y Gloria Contreras Martín

Mi nombre es Hércules, y como nací mitad niña y mitad diosa, como todas las niñas, me fue impuesto. Desde el mismo instante de mi nacimiento, este símbolo del poder para enfrentar los retos con valentía y éxito me acompaña.

Escuchando desde niña los sonidos de la naturaleza, y envuelta en su brillo y su movimiento, es como la Creatividad me inundó, volviendo mágica mi vida y todo lo que tocaba, sintiendo dentro de mí desde entonces una fuerza superior que me obliga a crear: yo creo con mi mente porque lo necesito, y esa fuerza no tiene límites. Sentí que mis manos estaban hechas para dibujar y pintar mi mundo secreto. Elegía colores y los mezclaba hasta crear mucho más que eso, porque al mirarlos la maravilla se plasmaba en el papel ¡Era toda una aventura! Escuchaba muy quieta los ritmos y sonidos desde el amanecer y, después, mi mente creaba preciosas melodías.
Ahora soy una joven mujer, y tengo el poder de crear la magia que embellece la vida.

Soy un remolino de color y a mi paso veo que el poder que llevo es transformador. Y así viajo por el mundo: serenando las almas y llenándolas de armonía y paz. Unas veces gano, y otras aprendo a perder con humildad.

Elijo este momento de mi vida para que el poder del nombre que me ha sido dado cobre todo su significado y propósito.
Me enfrento a tres poderosas fuerzas que están aniquilando la vida creativa, el torbellino creador. Y hacia ellas me dirijo, acompañada siempre de pequeñas musas y cargada con todas mis herramientas.

La primera es la Mediocridad: enteramente gris, sin brillo y sin rumbo en su andar. La forman todos los seres que han creído a otros sin escuchar su corazón, y que por lo tanto han perdido su brío y su poder.
De un salto me coloco delante de ellos para que no tengan que hacer ningún esfuerzo, ya que están desprovistos de energía. Cojo de mi cintura la paleta y, con mi brocha, voy tocando a cada uno de esos seres que, al mirarse, se descubren bellos. Y reconocen los aromas que esos colores portan, y ríen. Y al mirar arriba descubren el brillo de las estrellas, que ilumina sus miradas: recuperan, en fin, el brío que la Mediocridad había destruido.

Todos juntos nos dirigimos al encuentro de la segunda fuerza: el Pragmatismo, la primacía de lo práctico por encima de todo lo demás. La forman todos aquellos seres que se han apartado del poder de los sentidos, y todo lo reconducen a algo más práctico que hacer. Los hallo en un lugar en el que la mirada no encuentra un solo detalle hermoso donde posarse, y veo que hasta las persianas están bajadas para evitar destellos que puedan, aún sin intención, despertar el sentir.
Para ellos saqué de mi bolso mi pequeña flauta y, poco a poco, la empecé a tocar. Y abrí las ventanas de par en par, llenándose entonces toda la habitación de luces y colores. Y fui despojando uno a uno de sus zapatos, dejando que sus pies conectaran con el ritmo de la tierra. Y cuando pudieron sentir todo lo que había sido creado, esto los transformó.

Finalmente, fuimos al encuentro de la tercera fuerza: la Censura. Llegamos desprovistos de zapatos, los cabellos llenos de flores, y decididos a luchar.
La Censura, al vernos llegar, corrió a cerrar las puertas de la casa donde habitaban, rígidos y ciegos, los escandalizados por tanta libertad. Y, sin vacilar, nosotros imaginamos. Pensamos que las ventanas se abrían, y estas se abrieron. Y la Censura, que no podía cerrar los ojos ante tanta luz, se dejó envolver.

Esta historia comenzó con mi nombre, Hércules, y acaba con él.
Nuestro esfuerzo fue recompensado, y nuestra imaginación y nuestra entrega fueron lo suficientemente grandes para pasar por encima de todo lo que estaba en nuestra contra.
Y, al final, ganamos.

Ilustrado por

Julia Borrero

Texto de Ángela Martín Fonseca, Ángela Contreras Martín y Gloria Contreras Martín

Gloria (Yoyo), Ángela Contreras (Tati) y Ángela Martín (la abu) son, respectivamente, la madre, la tía y la abuela de Julia, la autora de la ilustración. Esta parte de la familia ha destacado siempre por su vena artística, si bien es cierto que ninguno de ellos se ha dedicado profesionalmente a ello (¡hasta hoy!).

Yoyo, por su parte, escribe sobre sus experiencias, sobre aquello que percibe, que ve y, en general, que siente.

Tati, por otro lado, escribe poesía de forma magistral desde que era una niña (también diosa, claro, como todas las niñas).

Y, finalmente, la abu tiene la virtud de ver lo bello en todo lo cotidiano que le rodea, y lo dibuja con palabras dotándolo de magia y maravilla.

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