El Hacedor de Montañas

Texto e Ilustración: Ángel Olivera

Al regresar Hércules a su patria tras largos años de proezas en tierras lejanas, unos emisarios del próspero reino de Arcadia fueron a buscarle, y así le dijeron:

-¡Oh, poderoso Hércules, imploramos tu ayuda! Nuestra tierra es fecunda y hasta hace un tiempo nuestro pueblo vivía feliz, pero, desde hace unos años, al llegar la primavera, huestes de bárbaros cada vez más numerosos traspasan nuestras fronteras y, como plaga de langosta, se abaten sobre nuestros campos y nuestras ciudades. No somos guerreros, y ya no podemos contenerlos. Nuestro país está abocado al desastre. ¡Por favor, socórrenos!

Hércules les contestó:

-Estoy cansado de guerras y matanzas. ¿Queréis que me ponga al frente de un ejército y los extermine?

Y los emisarios respondieron:

-Nos bastará, poderoso Hércules, conque impidas que lleguen a nuestra tierra.

Entonces, aquel otoño, Hércules se puso en marcha hacia las fronteras de Arcadia, hasta los páramos desérticos más allá de los cuales se extendían las tierras de los bárbaros.

Una vez allí, cavó, al otro lado de las colinas que señalaban la frontera, un enorme, profundo y larguísimo foso, hacia el que desvió los cauces de cuatro ríos, de modo que se unieron en un único y anchísimo cauce casi imposible de atravesar. Después, removió las tierras y las rocas extraídas del foso, las amontonó sobre las colinas y empezó a darles forma. Y mientras las frías brisas del otoño iban dejando paso a los gélidos vientos del invierno, las cuestas se convirtieron en pendientes empinadas, las pendientes en paredes cortadas a cuchillo, y éstas en barrancos y precipicios vertiginosos. Las colinas se transformaron en montículos, los montículos en montañas, y las montañas en picos inaccesibles.

Llegaron las nieves que cubrieron de blanco cumbres que antes no existían, y Hércules siguió trabajando incansable, día tras día alzando rocas, triturando la tierra, cegando con miríadas de piedras de increíble tamaño cada posible sendero, cada paso, cada hueco entre una montaña y la siguiente, a lo largo de las ahora irreconocibles fronteras, mientras enfrentaba los aguaceros, las ventiscas y las nevadas, el barro y la nieve que se amontonaban bajo sus pies y alrededor de sus piernas.

Luego, la nieve se fue retirando, las lluvias se espaciaron y remitieron, y una mañana le llegó una brisa cálida del sur. Para entonces la nueva y formidable cordillera se alzaba desde las orillas de un mar hasta las del siguiente, al otro lado del territorio de Arcadia. Hércules contempló exhausto pero satisfecho su obra, y entonces, desde una ciclópea atalaya en lo alto de las cumbres, vio llegar a los bárbaros.

Eran una horda imponente, compuesta por miles de personas, que venían en larguísimas y desordenadas hileras atravesando el desierto , azotadas por las nubes de polvo que el viento arrastraba, y acababan amontonándose allí abajo, contra las orillas del gran río. Algunos, con los carros que arrastraban, habían construído balsas y cruzaban trabajosamente la corriente para alcanzar la escarpada ribera opuesta. Luego, trataban de ascender por el abrupto terreno, pero allí las paredes de roca subían verticalmente, y aquellos hombres buscaban con desesperación un medio o camino para proseguir.

Hércules les llamó desde lo alto y así les habló:

-¡Oíd, bárbaros! ¡No hay modo en que podais atravesar estas montañas! ¡Yo, Hércules, me he ocupado de que así sea! ¡Volved a vuestras tierras, porque nunca conquistareis Arcadia!

Los más adelantados le contemplaron con asombro y alarma desde abajo, y le contestaron:

-¡Te equivocas, poderoso Hércules! ¡Nosotros no ansiamos conquistar ningún país! ¡Míranos bien! ¿Realmente parecemos conquistadores?

Hércules se dio cuenta entonces de que no portaban armas, muchos de ellos estaban esqueléticos y parecían famélicos y enfermos, en su inmensa mayoría se trataba de mujeres, niños y ancianos, y sus ropas estaban sucias y desgarradas. Miraban con ansiedad y desesperación hacia las montañas, y con pavor, volviendo las cabezas, hacia el desierto que dejaban atrás.

De nuevo hablaron los hombres del saliente:

-Huímos de nuestro país, más allá del desierto. Una vez fue próspero, y nuestros antepasados vivían felices. Pero su prosperidad y riquezas despertaron la codicia de otros pueblos más pobres pero más belicosos, que nos conquistaron y sometieron y que, no contentos con ello, lucharon entre sí sobre nuestro suelo para disputarse sus riquezas. ¡Entre ellos, los mismos ejércitos de lo que hoy es el país de Arcadia!

Hércules replicó, con incredulidad:

-¿De Arcadia, decís?

Y le respondieron:

-Sí, Arcadia debe su riqueza de hoy en buena parte a la que ayer robaron de nuestro país y de otros muchos. Desde entonces se han sucedido los conquistadores, los opresores y las matanzas. Hoy tres tiranos distintos se disputan, desgarran, incendian y devastan nuestra tierra y nosotros huímos con nuestras familias para no morir, como han perecido tantos de nuestros hermanos, por el hambre o la espada. Atravesamos el desierto, donde muchos de nosotros han quedado, con los huesos blanqueados al sol, no para saquear Arcadia, no para vengarnos del daño que nos hizo en el pasado, sino para buscar refugio en ella, para poder vivir, para volver a ser hombres y mujeres libres y que lo sean nuestros hijos. ¡Sólo eso buscamos, poderoso Hércules! ¡Ayúdanos!

Bajó Hércules de la montaña, se reunió con aquella gente y vio que decían la verdad. Volvió la mirada hacia la barrera montañosa que había levantado y que ahora les separaba de la salvación.

Entonces Hércules, hijo de dios y de mujer, y héroe de los hombres, emprendió el más grande de sus trabajos, la más ardua y heróica de sus hazañas. Se puso a la cabeza del pueblo de los desposeídos, en busca de una tierra donde poder volver a ser libres. Luego, tendría unas palabras, y algo más que unas palabras, con aquellos tres tiranos. Pero además, iría a ver a las gentes de Arcadia, y a las de los otros pueblos, para hacerles entrar en razón y poner orden, cordura y paz en los asuntos de los hombres.

Pero el cómo llegó a conseguirlo o no, eso ya es otra historia.

Ilustrado por

Ángel Olivera

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