Corazón de León

Ilustración: Daniel Izquiano
Texto: Pilar Vera

Pasé tanto tiempo, tantos días, meses, años, hundido en esta media luz de persiana que apenas podía reconocerme. Se había diluido quién era. Aún lo recordaba, lo recuerdo todo, desde luego, el pasado reciente y el lejano, las rodillas peladas de mi yo niño, refugiado siempre en los rincones. O qué ropa estaba  colgada en el armario -¿cuánto tiempo llevaba así? ¿desde cuándo?-. Pero todo parecía difuminado en esa eternidad de luz débil, cambiante con las horas, y de mi hueco en la cama, cada vez más liviano, cada vez más pesado.

Días, meses, años.

No sé por qué nos enseñan que el corazón es algo frágil: está diseñado para pasarse la vida golpeando, sin consentimiento ni tregua. Sólo que a veces, por algún caprichoso fallo de sistema, al tirano le da por pararse. O por bufar. O se ahoga en ansiedad. O puede que -también es mala suerte- tu corazón se te desborde en el pecho. Cardiomegalia. Es una hermosa palabra: se deshace en la boca al pronunciarla.

Va bien. Todo va estupendamente, me insistían, ya que mi aprensión era la propia de alguien que sabe (y siente) que le han abierto en dos, le han roto el esternón, levantado las costillas, pinzado válvulas, extraído un órgano y colocado otro. No vemos rechazo, no hay arritmias, ni cuágulos, ni hemorrogias. Todo va normal, ¿he dicho normal? Perfecto, de verdad. Estupendamente.
Pero cerraba los ojos y podía escuchar alrededor la presión de la sangre, como al zambullirte en una piscina. Mi nuevo corazón se expandía y rugía.

-Porque no has visto a tu donante -me confesó una de las enfermeras-. Tú no eres pequeño, pero ese hombre era un gigante.
No hacemos otra cosa que tratar de domar el corazón, me decían. Intentamos reconducirlo con buenas prácticas, con rutinas, con químicas, con bridas. Todo con tal de que no se desboque. Y allá nos empleamos, por supuesto, con un recuento de ocho (¡ocho!) pastillas, merluza y arroz blanco, ejercicios de respiración, caminatas por pasillos.

Lo poco que quedaba de lo que había sido iba desapareciendo por momentos -no era tan extraño, había pasado mucho tiempo, ¿no es cierto? Días, meses, años-. Pensaba en mis ropas, por ejemplo, esas que todavía guardada -las camisetas absurdas, un jersey sin estrenar, amarillo y a rayas, los vaqueros de borde raído- y me resultaban algo ajeno, sin nada que ver conmigo: no más que trapajos de muerto. Cerraba los ojos al recrear a aquel mocoso que deambulaba por los rincones. Qué crío exasperante: «Reacciona, niño. ¡Espabila! -me entraban ganas de chillarle-. Te empeñas en hacer de ti una víctima». Ahora lo observo y parecía, el niño que fui, imantado al dolor. Siempre en su busca.

El corazón, ese corazón extraño y desmesurado, que lastraba el aire, se fue domando. Aunque pienso que sucedió al revés, que fui yo el que se vio arrastrado en su compás, en sus sístoles y diástoles.

«Tienes mucha mejor cara -me decían-. No pareces tú».

No pareces tú.

Mi corazón -ese que ya no daba problemas, que respondía a los paseos, a las noches, a la física y la quimica- iba conquistando su territorio, y yo pasaba cada vez más rato entre los pasillos y el butacón de las visitas, mirando por la ventana, discurriendo cómo retomar esa vida que no sentía mía.

Nadie supo explicar el insomnio más allá del encogimiento de hombros. Yo también tendría insomnio, o ansiedad -decían-, o ataques de risa y llanto descontrolados, si hubiera pasado por lo que tú. Si hubiera visto que la mecha se consumía y, de repente, alguien me hubiera dado otro cabo.

Y es, en fin, la falta de sueño. Estoy completamente seguro de ello. El cansancio me hace escuchar mi nombre y ver luces que no existen y que se apagan. Algo normal, ¿no es cierto? Y también, claro está, los veo a ellos. Se esconden tras los coches o tratan de ocultarse entre los setos, pero alcanzo a distinguir sus formas. Algún tipo de bestia. Tienen una piel fabulosa, reluciente, piel de mercurio. Diría que cazan juntos. Ni siquiera sé si son reales.

Pero sé que me esperan.

Ilustrado por

Daniel Izquiano

Texto de Pilar Vera

Pilar Vera (Cádiz, 1975) es periodista. También tiene un máster en traducción y un postgrado en periodismo digital, por aquello del afán coleccionista, pero digamos que le pagan por ser redactora analógica: para formato papel y en Diario de Cádiz. Trabaja como redactora cultural y ha terminado especializándose en literatura.

Sin duda sufre de alguna modalidad de síndrome de Estocolmo, porque a veces también escribe fuera de redacción -ha publicado un libro de relatos y varias colaboraciones- e incluso, muy de vez en cuando -más bien nunca- en un blog: cuerdasdesatadas.wordpress.com

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